Ya estoy como muerto
solo leo y escribo.
Si me veis garabateando en los bares de perdedores
o discutiendo en librerías,
son anécdotas no significativas.
Converso con autores que murieron
o están tan lejos de mí como un aire glacial,
aunque mantengo la esperanza de que alguien, vivo,
me lea y me dé conversación,
use mis palabras como una pelota en un frontón
y yo sienta algo donde estoy, mientras estoy.
Me gusta sentarme frente a una maceta
ver cómo las hojas crecen, caen,
se descomponen,
sin turbarme
sin la menor sensación de confusión
de que la vida visible de la maceta es el mundo.
Leo, escribo y voy muriendo:
es una costumbre arraigada
que me une a las raíces de la maceta
(las palabras ocultas que busco)
(una posibilidad de ciclo)
o sea, al mundo.




